Es un día ventoso y húmedo. Beatriz está molesta. No sabe bien si es por el clima o por los recuerdos que la asaltan. Camina por la costa hundiendo pisadas en la arena, como si ésa fuera la última vez. Aspira y exhala los pensamientos tan salinos como el olor a mar.

A pesar de tu desesperación nada evitará que yo te quite de mi camino, que entiendas de una vez por todas que soy la dueña de los momentos de tu vida. Yo te estoy dibujando todavía. No sé por qué no te he hecho desaparecer aún.

Beatriz se siente acechada, observada. Teme por su vida, por su equilibrio mental. Hace tiempo que presume su muerte, sin embargo, cuando sufre miedos que la siguen ahogando como en su niñez, recurre al presente y muestra su habilidad para encontrar una salida de todo aquello que la perturba hasta en sus sueños.

Tu nombre ha vivido en muchas historias y no será ésta la última. No sé si te has dado cuenta de que no tienes siquiera una sombra que te acompañe como a mí, que nada te pertenece, tampoco mereces la tristeza de una infancia solitaria. Eres una intrusa a la que mi madre no ha parido.

Beatriz mira el paisaje de arena y mar. Se intuye escrita en alguna parte. El horizonte se le lanza encima como quien arrastra imposibles desde la piedra bautismal. Se siente apaleada en su despertar de cada día, como si alguien la persiguiera para borrar su nombre, por eso se lee a escondidas en una libreta, para asegurarse de su existencia aparejada a otro nombre. ¿Quién es ella?  ¿Y quién es esa otra que parece aborrecerla a pesar de haber convivido tantos años juntas?

Aquella femenina boca, cruel y déspota, eligió tu nombre y lo encastró al mío con la complicidad de un ritual que se lo permitía. Tampoco te fue fácil. La pila bautismal te dio a luz en un soplido sin ver las consecuencias.  Así que por supuesto ambas hemos sufrido la vida o la hemos disfrutado de la misma manera. Sin embargo, hay algo que yo voy a hacer, tal vez lo que mi madre hubiera decidido, te iré quitando el nombre letra por letra. Irás caminando en cada escrito mío sin fuerzas, casi desnuda de trapos y de sangre, y con el alma descalza. Las vocales te abandonarán primero y serán las consonantes las que dejen de sonar en la voracidad de las letras por acaparar espacios nuevos.  Te veré morir en cada línea de mis textos.

Creo que hasta es posible que te extrañe.