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Ayer

AYER

 

Tu recuerdo, tu voz, me suena a golosinas, a muñecas de trapo, a Caperucita, a relatos inventados en el momento, a Kero con tostadas, a Toddy, a chocolatines milkybar, a zapatitos blancos, a libros interminables para pintar, a la promesa de no hacer ruido a cambio de quedarme levantada en tus  siestas también interminables , a verano oliendo a agua colonia, a escapadas abrigadas a la costa en domingos de  inviernos solitarios, a calesita, a plaza, a chupetines, a algún reto por la torpeza de pisarte los zapatos lustrados, siempre tan cuidados, a permitirme sin embargo arrugarte las solapas con mis manos nerviosas, a escucharte silbar un tango durante una larga mateada absorto en tus pensamientos, a reírte de mis berrinches, y el regreso a casa… con la promesa de una bicicleta que no sabías si podrías comprar.

Más tarde, yo había crecido y ya hacía tiempo que no jugaba a “las visitas”, mucho tiempo que no participabas en esos locos, locos diálogos que solíamos tener: —Hola señora, ¿cómo le va? ¿Y su familia?  No veo a nadie por aquí  —decías vos. —Todos “morieron”, señor  —respondía yo. Todavía me río, te veo sentado en una pequeña silla, con una diminuta tacita en la mano.

Y llegaron mis 17. Yo dispuesta para salir a un primer encuentro, tardecita de verano y tarareando entre dientes Moliendo Café o algún tango del gran Varela, y vos en la puerta repitiéndome, por si no me quedaba claro: —Te quiero de vuelta aquí en una hora.

Los diálogos seguían siendo locos, pero ya habían cambiado, porque nosotros también éramos otros.

Sin embargo, en ningún paseo por la vida he vuelto a sentirme tan segura, de alguna otra mano masculina.

Norma Aristeguy
Norma Aristeguy

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