Y de pronto un buen día te das cuenta que el calendario ya no cae en meses sobre tus hombros, cae en forma de años, y esos años te envuelven, te disfrazan con un largo vestido de fiesta que aún no te llega a los tobillos. Sin embargo, algún día, esa póstuma elegancia se estirará hasta ellos, y se acabarán los almanaques.

Entonces metida en esos pensamientos igual que un saco de huesos momentáneo, sientes palpitar tus brazos al compás de un movimiento vacío, y hueles el aroma impregnado del último de los hijos, quizás por cercanía con el tiempo.  El tiempo… ese tipo pícaro y astuto que te deja creer que eres la dueña de tus días.

Pero de pronto ese perfume conocido e inolvidable, te trastorna el pensamiento y ya no sabes de cuál de tus hijos es, porque el soplido feroz de la memoria, ha roto el cristal de los recuerdos. Cada fragmento de vida de entonces se va y vuelve de a ratos, como una intensa llovizna de detalles expuestos a la intemperie del inevitable acontecer.

Los brazos te sirvieron de nido y de juegos. Y en las manos todavía sientes la suavidad de sus cabellos, de sus pieles infantiles. A pesar de que aún arde el escozor de algún chirlo, una mirada que corta el aire, o más tarde el bofetón, que, aunque hoy es pasado, siempre queda como un rastro de culpa en cada piedra repetida en el camino.

El reloj mueve sus agujas siempre al mismo ritmo y te agrede cada mañana con su estridencia. Despiertas y te preparas para vivir con ruidos o sin ellos, sólo para vivir. Hasta que el tiempo alargue  el mejor de tus vestidos y  llegue por fin a tus tobillos,  y te quites los zapatos para marcharte de una vez, con todos los aromas y perfumes conocidos, con el sabor de gustos compartidos, y un bolso invisible lleno de alegrías y tristezas, de fechas imborrables, de palabras susurradas y de las otras, de las gritadas al viento con la queja universal de no saber adónde vamos. Y si te apuran… tampoco saber dónde has estado.

Melodía tan transcendente ésta del nombre que se queda aquí cuando te vas. ¿Cómo saber si la estridencia de su sonido, no te seguirá sacudiendo el alma cuando ocupes otro espacio?

Cada uno de los hijos se ha llevado al hombro, su atado de decisiones en libertad.

El tuyo, el tuyo te lo has gastado, aunque has guardado un resto para volar más cómoda cuando ya no escuches el despertador, ni huelas “…el ramito de hollín…” que te emociona. Cuando tampoco esté la voz de él, ni su ternura, y vuelvas sin remedio a tus orígenes… los que también desconoces.