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El Ideal

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Mi vida se dilata en días en los que vivo para buscarte y sueño para encontrarte.  Mientras se me escapan las horas en soledades de una búsqueda que rompe las barreras de la razón, me amparo en la esperanza para resistir la rutina de voces y contornos conocidos, y los apetitos se adormecen en mi frondosa imaginación.

Pienso si algún ave te habrá enredado en su vuelo para confundir los hilos del destino.  Tal vez, tu llegada se haya adelantado.  Cierro los ojos y te veo: caballero de barba tupida, amante heroico, o quizás, juglar que me canta en los versos de una época mejor.

Absorbida por tu imagen fragmentada, me convierto en una sombra de mí misma pues ya no sé si eres sueño o realidad. Tengo que encontrarte, así lo hemos convenido en aquel mundo sin tiempo, así lo dice mi espíritu exacerbado por una fuerza con memoria, memoria que me revela tu existencia y me aporta recuerdos queridos de ideas ya vividas.

Afronto casi con temeridad mis fantasías, segura de hallarte, de descubrir tu ternura nuevamente en la magia de cada ser que se me acerca.

Me niego a analizar, me niego a navegar por la cordura que todo lo apaga y lo empequeñece. . . Sin embargo, siento que la razón va minando mi propia libertad, me va venciendo como un dios poderoso y sorteando mis defensas va matándote; pero resisto, sin saber aún cuál es mi verdad, si la vigilia o el sueño. ¿Y si alguien despertara y yo muriera?

Entonces, la desazón, la incertidumbre, comienzan a arrastrar tu imagen hacia donde se agotan los símbolos.  Poco a poco voy perdiendo tu visión y mis yo se bifurcan en un olvido, ajeno, ya que mi centro ambula por universos desconocidos e inciertos, penando soledad de tí.

Así, en un anónimo sueño en el que busco rescatarte del país sin signos, mi voz gime por los fantásticos rincones invocando al poeta: «En fin, se vive».  Y alguien en silencio me responde: «¿Qué es la vida?  Una ilusión.»

Siento que he encontrado la salida en el largo laberinto, son tu voz y tu forma tan soñadas, pero al llegar comprendo que no eres, que ni siquiera he amado a un hombre, que has sido tan sólo, “…la divagación de una mujer.»

Intuyo además, que quien te sueña ha despertado y que “…toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Norma Aristeguy
Norma Aristeguy

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