Darse Cuenta

accesorios-y-mobiliario-para-el-tocador-femenino-02Y de pronto un buen día te das cuenta que el calendario ya no cae en meses  sobre tus hombros, cae en forma  de años, y esos años te van cubriendo como un largo vestido de fiesta, que aún no te llega a los tobillos, pero que algún día esa póstuma elegancia  se estirará hasta ellos,  y se acabarán los almanaques.

Entonces metida en esos pensamientos al igual que un saco de huesos momentáneo, sientes palpitar tus brazos al compás del corazón, y hueles el aroma del que crees  que te ha quedado impregnado del último de los hijos, quizá por cercanía  con el tiempo, ese tipo astuto y ladino que te deja creer que eres la dueña de tus días.

Pero de pronto ese perfume conocido  e  inolvidable, te trastorna el pensamiento y ya no sabes de cuál de tus hijos es,  porque recuerdas otros detalles más lejanos de cualquiera de ellos.

Los brazos te sirvieron de nido y de juegos. Y en las manos todavía sientes la suavidad de sus cabellos, de sus pieles infantiles y todavía arde el escozor de algún chirlo en la cola o más tarde del  bofetón, que a tiempo o no, siempre queda como un rastro de culpa en cada piedra repetida.

El reloj mueve sus agujas siempre al mismo ritmo y te agrede cada mañana con su estridencia. Despiertas y te preparas para vivir con ellos o sin ellos, sólo para vivir. Hasta que el tiempo alargue  el mejor de tus vestidos y  llegue por fin a tus tobillos,  y te quites los zapatos para marcharte de una vez, con todos los aromas y perfumes conocidos, con el sabor de gustos compartidos, y un bolso invisible lleno de alegrías y tristezas, de fechas imborrables, de palabras susurradas y de las otras, de las gritadas al viento con la queja universal de no saber adónde vamos. Y si te apuran… tampoco saber dónde has estado.

Melodía tan transcendente ésta de los nombres que se quedan cuando te vas; ¿cómo saber si la estridencia de sus sonidos,  no te seguirá sacudiendo el alma cuando ocupes otro espacio?

Cada uno de los hijos  se ha llevado al hombro,  su atado de decisiones en  libertad;  el mío me lo he gastado, aunque he guardado un resto para volar más cómoda cuando ya no escuche el despertador y vuelva a mis orígenes… los  que también desconozco.

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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