El Eterno Retorno… (Juguemos a la ronda)

 

 “Que llueva, que llueva…” sobre el planeta, sobre el país, sobre el alma  que danza alelada, y en puntas de pie,  junto a cinco o seis perros que merodean los tachos de basura, sacudiendo sus translúcidas costillas. Tardan en moverse, son testigos de la noche, la única que sabe que no son tontos pero que lo parecen. Están indefensos y pasmados de un globalizado frío. Se escuchan a lo lejos, los gritos apasionados de los indiferentes gatos, que con seguridad, habrán encontrado donde esconderse, donde  aparearse…

“Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos  cantan …”  una anciana acurrucada entre diarios y cartones, dudo si es una mujer o una escultura,  una muy vieja escultura  que no espera a nadie, dormida  junto al cordón de la calle más larga.

Parejas y parejas y parejas, saliendo de alguna danza que los envuelve en la  risa del otro, piadosos con ellos mismos. Corren, saltan charcos o se ocultan. Resbalones entre envases vacíos, papeles y papelitos. O domingos, o jueves. Cualquier día en que no se sabe adónde va la vida, pero va, sigue. A veces ésta se tira en las veredas, y se bebe y se vuela y se viaja. Otras,  en el césped  prolijo, prolijísimo, de cara al sol disfrutando también de algún  andar profano.

“Con ésta sí, con éste no, cásate conmigo…”, por allí anda también  el amor,   marionetas en hilos  de colores;  corren, nos rodean, se alejan de los razonables. La razón es peligrosa si enreda las invisibles cuerdas. Convierte a las emociones en títeres. Esas emociones que afloran y no se sabe qué son,  se las percibe en el pecho, y lo que sale de allí,  parece un humo encantado que  convierte a cada ser en uno diferente.

Jamás, se le podrá poner palabras,  a lo  que fluye de las miradas de los enamorados: la masculina atrae, arrecia,  abraza, promete. ¿Qué?  Misterio. Pero es como una fuerza  gloriosa o fatal que atrapa, que besa, que muerde, sin tocar.

Y la mirada femenina,  es el nacimiento,  la que acaricia y se entrega  con ternura, la que lo espera todo. ¿Qué espera? Otro misterio. Pero se afina el espíritu y desde sus ojos, se le mete a él por la boca, como un pez, tal vez, buscando al Hombre. ¡Qué privilegio si lo encuentra!

“A la rueda,  rueda…” ahora hablemos de revoluciones. Por supuesto jugando a las visitas,  con miriñaque, peluca, tacos altos o minis, no sea que la osadía de pensar en la equidad entre los sexos, nos  ponga justamente bajo la guillotina.

“Mientras el lobo no está…”  imaginemos la igualdad en  tierras y sembradíos con el sol como tutor. No obstante, diferenciemos colores, notas, versos y prosa, hasta lograr lo irrepetible.

Gente  que trabaja. Mujeres levantando  frutos, ¿adónde estás  Millet? Vigoroso pintor capaz de  abrirnos los ojos con tus colores terrosos. ¿Y tu amigo, Van Gogh? Debe haberse escondido detrás de algún girasol gigante.

Flacos, pálidos y desheredados,  el mundo los ha colgado en paredes de oro.

Puertas abiertas a los capaces, capaces  de  morir en la intensidad de un  ademán de protesta, desde  una paleta o una orquesta, derretida en matices o en  notas  de alguna melodía universal.

Y siguiendo la rueda y agrandando el círculo,  hablemos de pueblos asesinados. De  mentiras. De  complicidades. De niños, de cómo se destruyen sus casas de chocolate con puertas de porcelana, y  se envenenan, sus ríos  de arroz con leche, descascarando el puente hacia el futuro.

No hay victoria después de ninguna lucha porque  todo vuelve a girar de la misma manera.  El planeta parece abrirse  hacia abajo, hacia  las extremidades de la maldad más blanca y de los grises más armados.

“ Hay que matar a la  muerte”. Saber que la injusticia vuela como una sombra entre las excentricidades  y contradicciones, para alejarnos de  la alegría,  para someternos, para que no conozcamos el goce de ser libres.

“La farolera tropezó y se enamoró de un coronel, alcen las barreras para que pase de la puerta al sol…”  “Dos y dos…” ¿son cuatro?  ¿Cuántos dioses tenemos? ¿Serán  tres  los poderosos? O habrá más?  y si canto  que  “… tengo una muñeca vestida de  azul…”  y que dos y dos no son cuatro, diría Freud que negar la realidad, es locura ? ¿Diría tal vez, que es un delirio pensar que tenemos dentro, una partícula de cada divinidad? ¿Se sorprendería si al decir divinidad, también se estuviera hablando de lo diabólico?

¿Sería quizás otro delirio?

Cada hilacha de nuestro ser trae consigo algo del firmamento. ¿Quién puede explicar qué es la cordura?

Reconocer  las estrellas,  querer volar como las aves,  intentar salvar al planeta, ¿nos señalaría como cuerdos?  Tal vez las musas que se esconden en  la mente nos pudieran contestar, y también advertir si es peligroso pensar, si es que hay bárbaros que  pueden  picotear el cerebro, y hacer toser en coágulos las ideas.

Es difícil que la farolera logre abrir la puerta a la libertad, si es que se enamoró del Mal. Pero es que ella no sabe quién es él, y lo admira, lo ama; hasta que un buen día, le busca el alma para darle una sorpresa y allí lo espera.

Cuando el sol llega con él, le revisa los huesos, los bolsillos, las orejas, los zapatos, las vísceras. Intenta besarlo para metérsele sin permiso, y cuando lo logra, descubre que  hay nada dentro.

Así aprende que los corderos se disfrazan, éste es de sangre verde oliva pero el Mal tiene el poder de presentarse con cualquier color, y a veces, en blanco y negro.

Dejando de ver  al  demonio como fuerza individual, se lo puede intuir  como a una unidad con el Bien, componente de cada ser. Unidad en la que fluctúan juntos hasta decantarse, y en algún momento  de la Historia planetaria, volver al principio y así sucesivamente.

Me pregunto qué dibujo es éste, ¿quizá un círculo? Prefiero la espiral.

El orgullo, ¿será un sentimiento?  ¿Una emoción? ¿Será hermano  o primo lejano del amor propio?

“Estaba la dama, dama, vestida para la muerte…” No obtendrá la caridad del cielo, porque según Sartre, en la lucha por la libertad de los pueblos, siempre  hay un duelo entre víctima y victimario,  ese duelo es como un tercero en discordia, que ha de llegar a la valentía suprema  o al mayor envilecimiento, porque ha dejado de ser una causa,  y hasta el lector se convierte en otro prisionero que puja para ver quién es más fuerte.

“Juguemos en el bosque…”  antes que la excepción sea la regla, antes de ser peligroso por el hecho de ser,  Ser Humano. Antes que la  biopolítica  nos alcance el alma, y la ponga prisionera entre la vida y la muerte. Antes que subordinen nuestras neuronas  y se apropien de las células. Antes de que los hijos no sean los hijos. Antes  de que escarben en la sangre hasta encontrar lo que buscan. Antes que lo negro sea blanco y lo blanco, pardo.

Juguemos, juguemos, apurando el futuro, volcando sentimientos, sentidos, saberes y amores  en un mismo recipiente, el recipiente  de la humanidad.

Deprisa, dice Huxley, antes que rompan el frasco, y todo se derrame en una confusa mezcla, en la que ya no podamos reconocernos. Y los lobos nos conviertan en peligrosos, y nos devoremos entre nosotros, como cuenta Jack London.

“Si yo tuviera una flauta ya sé qué haría…”tocaría hasta el cansancio para llamar a los hombres de ciencia,  y los tendría a todos juntos, muy juntos, magnetizados por las notas, para que sólo pensaran en el Bien  y quitaran las ampollas de la peste. Y seguiría, seguiría tocando hasta  alcanzar los oídos de los sordos que puedan ayudarlos, y haría trizas los tímpanos  del poder y la desidia de los pueblos.

“Estaba la pájara pinta sentada en un verde…” ¿Qué forma tendrá la traición?  ¿O será amorfa? Digo, si es que se la pudiese ver  cuando se la sufre. ¿Y cuando se la infiere?

¿Quedará el gusto ácido del limón? La cobardía, ¿será su hermana de sangre? Tal vez esperen juntas al cuervo que volará negro y voraz, para llevarse los ojos del confiado, del inocente o del indiferente, que le da la espalda.

Y así, quedamos a merced del conquistador, horrorizándonos de la vieja  Inquisición.  Y volvemos a jugar  a la ronda de la disciplina, de la vigilancia,  porque el poder sabe cómo hacerlo. Saben cómo y cuándo descerrajar leyes y  privilegios. Saben cómo esclavizarnos con las palabras y enredarnos con las letras,  hasta lograr un atado humano,  expuestos a su puntería o a sus planes.

“Arroz con leche…” volvamos a las fuentes.

A lo mejor, todavía se puede.

 

 

 

 

 

 

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Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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