Y de pronto se dio cuenta  que la ropa volaba, volaba y volvía.

Nada como una cuerda para sostenerla,  limpia, muy limpia, con aroma a jabón, ese jabón con el que había que limpiarse la boca después  de decir algunas palabras cuando niña.

La libertad prendida con broches como los recuerdos, algunos muy gruesos, de imperiosos sentires, difíciles de sostener. La libertad soltando blancuras al viento, recuperando el aseo de los buenos momentos, de los pensamientos balsámicos, de las risas perdidas en las voces que no han de regresar. Liberarse así de las angustias que forman un cerco en la garganta.

Dejar que se agote la humedad de cada prenda y que sea posible esconderse del futuro en las panzas de las sábanas, en el hueco del tiempo por venir, alisar esperanzas en las arrugas inevitables y desatar los nudos de las mangas sin brazos .

Tender, colgar alegrías y llantos en cada prenda, volver así al vientre materno pero esta vez sin placenta, sin contracciones,  sólo lavando y prendiendo hilos que construyan las notas musicales de “Castillos en el aire”.

Poner a salvo de  tormentas las prendas íntimas y  débiles,  que se dejarán llevar de vuelta por el eterno lazo de los miedos.

Volar, volar muy alto, salida de un globo explotado  de sol,  en una escapada al espacio acompañando  a algún pájaro  de luz,  o a algún  “Himno a la alegría “ con que una vez,  la generosa sordera  de alguien  dibujó en un pentagrama universal.