La Locura de Escribir

Poemas, relatos. Verso, prosa. Los vuelvo a sentir, a  vivir. Me pierdo en ellos nuevamente.  Los padezco.

Los reviso una y otra vez. Relación amor-odio. A  veces me pueden. Un verso desafortunado o  algún personaje que  suelta su risotada desde las líneas donde tiene su guarida, y me veo capaz de deshacer lo que con tanto amor he podido escribir.

El fantasma de la emoción se estira e interpone,  y secuestra mi  razón. Entonces, me inclino en busca de la luz, releo mis escritos y me desoriento en sensaciones que brotan de las letras, y me confundo en cada verso, o en el espacio de la provocativa prosa que planta  jaque mate a la creatividad,  enfrentándome cada día  a la decisión  de seguir o no,   descubriendo y fundando nuevos mundos.

Son esas incongruencias de la vida en que lo tan querido, con tanto esfuerzo conseguido, se transforma de pronto en algo cansador, agotador, casi amenazante. Al menos es lo que suele pasarme de vez en cuando. Es algo así como si todo lo escrito cobrara vida propia y el papel  fuera  una conspiración invisible de letras y contenidos.

Sí, escribir es un bien peligroso, con sabor a trastorno y aroma  a imprudencia, a disparate, que a veces me hace feliz y otras, me maltrata enormemente.