Midnight Barcelona

Barcelona (Un Lugar en el Mundo)

DEDICADO A: Federico y Elisa. Miguel Cabeza. Mario Velasco y Montse.

 

(Aterrizando)

De pronto la tierra parpadea y se abre un inmenso tajo por donde pasa el azul. Es el surco de un río. No. Es el mundo al revés.

El piso abarca el blanco espeso que parece una cadena montañosa. Pero no lo es. Y los ojos miran azorados viendo al mundo desde más arriba, mucho más arriba. Es el desliz ruidoso entre motores rugientes, de la sorpresa y el espacio, la sorpresa de tanta luz iluminando al planeta.

De sólo enterarse que ese río de  azules,  turquesas y  celestes, recorren tanto blanco indiferente, tanto blanco acostumbrado a estar allí,  uno se admira  de su propio valor, observando al espacio sin temor a volar, volar en ese pájaro soberbio, que se atreve a dejar huellas en el aire… y en el pensamiento.

 

I

Aterrizar en tierra extraña. No tan extraña.

El oído se acostumbra a la música de otra lengua, y a entenderse también con  la propia, pero diferente. Otras lenguas la secundan.

Cantares y cantos de todos  los sonidos. Ciudad cosmopolita. Ciudad abundante. Abundante ciudad, Barcelona.

La presencia potente del Tibidabo y el Montjuic  parecen competir, a lo lejos, con la policromía que logra perderse en la distancia,  dudando de la línea del horizonte. Como si ésta huyera despavorida ante tanta vegetación, en la amalgama de edificios,  y de verdes  opacos, vivos y amarillentos.

Acompañando su melodía mediterránea,  el caminante puede sentirse como si fuera su único habitante. Recorriendo la orilla de su costa, en la mitad del  invierno, con tan sólo la compañía de las palomas. Se puede volar  tan bajo como sus pequeñas olas, desde una mirada atenta a tamaña soledad, y a tal prodigio de  arena acariciada.

Para quien conoce otras costas, es imposible no recordar el furor  de las olas del Atlántico. Recién entonces, palpando la serenidad de uno y el ímpetu del otro, se toma conciencia del carácter casi humano de los mares.

En el muelle se dan cita todas las golondrinas del mundo, se dice que desde allí parten hacia otras latitudes. Mientras tanto, agregan su belleza al paseo que lleva hacia el Maremagnum.  Todo un desafío, de cristal y de reflejos, que siembra la duda entre lo real y lo fantástico. Vidriosas sombras de gente agolpada en los domingos mañaneros, devolviendo en sus espejadas paredes, la vida urbana del paisaje y de sus costumbres.

Al contrario de lo que sucede con otras grandes ciudades, a medida que se avanza en el paseo, y aparece lo actual como un desapego a su historia, se van conformando las dos ciudades, la medieval y la del hoy, en una sola. Una sola ciudad que trasciende el tiempo y el espacio, y va configurando todo un mundo, en el que jamás desentonan el balcón de siglos pasados, con el de en frente o el de al lado, que tiene la modernidad echada sobre sí.

Y así llegamos a Gaudí. Sus obras se disfrutan a partir de la naturaleza, se retuercen los balcones como ramas de árboles ofrecidos en sacrificio del arte, o se convierten en antifaces que disimulan las ventanas, de una gran casa, que llevará de por vida, el nombre de sus dueños, miembros de la clase pudiente en nacimiento, en aquellos días. La casa Milá o La Pedrera, y la Batlló, parecen simbolizar el arte en su más pura concepción.

El genio de Gaudí  dio a luz en Barcelona. Diminutos trozos de su espíritu se transformaron en los pequeños cerámicos, que luego hicieron posible el sueño del color, de la alegría, de la elegancia.

Es como si él hubiese marcado la senda de los que le acompañaban o le siguieron luego.

Es Barcelona, una ciudad de ensueño. Quizá tenga que ver su compromiso con la historia y la leyenda. Es difícil deshacerse del mito. Más aún saber quién y cuándo  fundó su poblado, que después se transformó en ciudad.

Con la mirada curiosa y con el alma puesta en su interés, el observador habrá leído alguna vez,  por ahí, que su fundador habría sido Hércules. Entonces, la vista escruta cada piedra,  cada arco  de cada claustro, cada morada antigua, para estar preparado ante el milagro, de encontrar tan sólo un rastro que permita, descubrir lo inescrutable.

Divagando largamente en la historia, bien podría creerse que si los guerreros medievales, se disfrazan de chimeneas en la terraza de La casa Milá, para cuidar de sus habitantes, no sería imposible encontrarse un Caballero a la vuelta de una esquina, o en los alrededores del Palau de la Música.

Es justamente aquí, entre escalones de mármol, arcos, columnas y vitrales, por donde salen a recibir al desprevenido,  algunas Musas traídas por Pegaso, cumpliendo los deseos de Zeus.

Todo allí es música y canto, y delicadeza y Arte.

Son dieciocho, las musas inspiradoras, las que con sus finas vestimentas, suavizan aún más el ambiente con su canto, transformando al  Palau en el Olimpo.

II

Por cada una de sus callecitas puede uno toparse con su pasado morisco, en las perfectas mayólicas que cubren parte de su edificación, o que representan alguna vieja escena para identificar un oficio, o el nombre de un encumbrado de entonces.

Sin dudas, la belleza serena de la catedral embellece el espacio. Pero la niña mimada, la que enamora por su pureza gótica, es la Santa María del Mar.

Provoca sensación de admiración, de respeto, no importa el credo que profese el que la mire.

Aunque haya sido uno, de los golpes de poder y de riqueza de la burguesía, durante la Edad Media, se tiene en cuenta en ella, el amor hecho arte por la mano del hombre.

Siguiendo por el Barrio Gótico, surge la estatua de Ramón Berenguer III El Grande. Si se la enfrenta, puede verse por detrás,  parte de las murallas romanas.

Tal vez la importancia otorgada por el visitante a la estatua, no recrea en sí, su potestad, su señorío, sino en el hecho de que fue yerno del Cid Campeador. Y es allí donde nuevamente a pesar de ser historia, se mezcla la magia de un tiempo con el otro, como en su edificación.

No sería de extrañar que bajara de su caballo y nos contara, con la muralla romana como marco, la historia del pacto de su boda  nada menos, que con la hija del Caballero entre los caballeros, el Señor Rodrigo Díaz de Vivar. Quien siempre luchó por su honor y por su rey. Y quien ha resultado en la literatura épica, el más humano y más creíble, por haber tenido sus derrotas y victorias.

Pero sin querer llegar, de ninguna manera, hasta un fondo de verdad, que nadie ha logrado cuando se trata del transcurrir histórico, no se puede negar el hechizo que ejerce a pesar de los siglos, la altísima muralla que logró la fortificación de Barcino, con el contraste de leerlo en los libros.

Es muy importante la presencia del tiempo apretando  la fantasía,  y  sacudiendo letras que se mezclan con la realidad actual.

A veces se escuchan, mientras se recorren sus calles, susurros lejanos,  apagados, y confunden las siluetas alargadas de los siglos transcurridos.

Al tropezar con la Necrópolis Romana,  se cree oír el lamento de las ánimas, en el zarandeo de Caronte, el barquero, que  sigue llevándolas al mundo de los muertos. Esperaría cien años aquél que no llevara la moneda en su boca para pagarle.

O tal vez todo continúa sucediendo en algún otro nivel, transcurriendo aún,  los cien años eternos.  Pasando invisibles a nuestro lado, señores, esclavos, desposeídos, condes, caballeros, reyes, emperadores, generales y clérigos. Quizá sigan expiando sus culpas o sigan muriendo de imposibilidades.

Tal vez la sangre de todas las batallas,  antiguas,  medievales, y de las que se continuaron luego, sean las sombras escondidas detrás de esa muralla, que las cobija desde un pasado remoto. Sombras que despanzurran al tiempo y se convierten en historia.

III

 

Todo es probable en Barcelona.

Hasta contrariar las leyes naturales y ante tanto pasado cabalgando en el presente, permitirse dudar de lo real,  dejándose llevar una vez más, por el encantamiento de tantos siglos, además, vallados por montañas.

El pensamiento se parte en dos y se debate entre la furia  del Atlántico, y la calma sinuosa del Mediterráneo.

Verla a lo lejos,  también es un deleite. Con la bruma cayendo sobre los montes, desdibujándola, metiéndola en el firmamento, como si sus callecitas y pasajes zigzaguearan sólo, para los dioses.

Es ruidosa cuando aflora su majestuosidad, pero silenciosa, plácidamente silenciosa en la noche, “… cuando el músculo duerme…”, diría la letra de un tango.

Chimeneas entronizadas en los alrededores, repercuten en la ciudad, destacando un pasado cercano de trabajo y esfuerzo, y de luchas por derechos. Son ellas los testigos de su renacer. Allí dentro están guardadas las esperanzas de entonces. Y también el grito unificado y el llanto de, costureras, modistas, planchadoras, lavanderas, que aportaron junto al hombre, su trabajo, sus hijos y sus vidas. Para que hoy la miremos con admiración los que estamos de pasada, y los que allí se quedan.

Nos parecemos bastante en el combate contra la injusticia.

Tiempos de mordazas azotaron hasta a su propia lengua,  la que hablaban  entre muros, para no olvidarla durante la prohibición.

Esta ciudad ha encontrado su propia identidad.

Es su gente, como un felino,  independiente por naturaleza.

En el retorno melancólico quedarán allí,  los seres queridos que la han elegido como “su lugar en el mundo”. Y harán eco en las Ramblas las charlas extendidas  de paseos de frío y sol,  y las risas impregnadas de anécdotas compartidas con los amigos, que se quedarán para siempre, en el recuerdo y en el abrazo final de la despedida.

Desde los ventanales del aeropuerto, entre rugidos ascendentes y descendentes, la mirada del caminante la abarca toda, en la bruma de ese día fundante de recuerdos.

Volviendo por un momento al mito y la leyenda, mirando la ciudad, puede recordarse el pensamiento atribuido a Hércules, al que no le importaba su origen, porque él mismo daba significado a su vida.

Quizá ése sea,  precisamente,  el secreto de la magnificencia de esta ciudad.

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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