La Divagación de una Mujer. (Sombras)

 la_divagacion_de_una_mujer_2¿Qué es lo que me lleva a herir el blanco y comenzar a preguntarme? Tal vez dentro de un segundo  no desee hacerlo. O siga deseándolo, pero ya no tendré la misma emoción que al escribir la primer  palabra, o sí,  tendré la misma, pero más profunda. ¿Qué sería una emoción más profunda?

 ¿Estoy diciendo lo que quiero? ¿Lo que quería decir  un segundo atrás?

 Tal vez algo de mí, viaje en las arterias con el suficiente torrente de sangre como para sentir que exploto en este papel. Quizá busque la manera de decirlo sin tristeza, sin rencores, sin cansancio.

Si obedezco a la parte sensata que hay en mí, entonces…no será lo mismo.

  La razón comienza a manejar mis ideas, el huracán biológico también se impone y se me vuelca la fantasía. Con los brazos extendidos y las manos muy abiertas trato de recoger lo derramado y voy poniendo una a una las palabras, en su recipiente nuevamente.

¿Cómo digo que desde pequeña llevo escondido un muerto? ¿Adónde? No lo sé. Pero está. Está presente.

Al jugar a “las visitas” temo que mis amigas lo descubran, que aparezca con mi sombra. Por eso estoy constantemente girando hacia atrás la cabeza.

Hoy van a llevarme de paseo, pero si se enteran seguro que me castigarán. Estoy nerviosa hasta que salimos. Ya en la calle sé que no saldrá de su escondite. Continúa su persecución, pero ahora ya mayor, sé ocultarlo cuando aparece. Voy al encuentro de mi amor. Pasaremos el día juntos pero me cambia el humor tener que llevar mi muerto a cuestas. Este secreto va a terminar conmigo. Logra que me ponga triste en los mejores momentos y su peso me hace desfallecer de cansancio en el comienzo de otro día.

Mi suerte material, me alienta.

Quiero disfrutar de mi ascenso, de mi nueva oficina. Es amplia, con ventanales que me muestran lo mejor de la ciudad. Sin embargo por allí también entran los fantasmas, vienen a veces cuando se esconde el sol, y otras, con toda la luz.

La incertidumbre me está enfermando. No puedo tomar decisiones, algo interno me lo impide y tironea desde lo oculto, desde lo desconocido, desde la presunción.

Me propongo lograr un sentimiento, un camino,  un sentido. Y allí está. Siempre igual. No lo detectan olores ni ruidos. Yo sé que está.

Tendría que bucear para saber si lo he matado yo, o si está ahí porque alguien me detesta, o si quizá ha nacido conmigo, quizá viene desde mucho más allá.

No me peleo con él. Jamás nos hablamos. Pero su intermitente presencia me comprueba la mía y solidifica mi actuar.

¿Combatirlo? ¡Ni pensarlo! Sería otra carga. ¿Y si vuelvo a matarlo y desaparezco?

Algo haré. Este peso está terminando conmigo.

Hay momentos en que me acometen la melancolía y la tristeza. Yo sé que es él que está ahí. No me permite disfrutar de las sensaciones que me tranquilizan. Es siempre otra  la que pronuncia las palabras, de quien las pensó en el comienzo. Por lo tanto lo que digo o lo que siento es diferente de lo que gesté en un principio.

No sé por qué siempre que hablo de mi carga, lo hago en masculino, hasta allí llega su poder, lo importante no puede ser femenino.

Transcurro en mi vida,  por una infinidad de caminos invisibles para los demás. Y para mí también, pero yo los he palpado y está mi huella en ellos. Ha quedado un  surco, pues he venido transitando con  un muerto, que persigue mi libertad en el espacio del pensamiento, del sentimiento y de la pasión, desde Principios.

Claro, he aprendido que el tiempo es lo importante, he dejado de lado el espacio. ¿El espacio de quién, estoy ocupando? ¿Quién va a  estar en el mío?

¿Estaré en este segundo invadiendo espacios  en otro ser? ¿Quién me recordará como para acomodarme en alguna, de las tres partes de su alma?

Si estoy en el pensamiento de alguien, es que ocupo un sentimiento, una emoción al menos

Ésa sería una forma de liberarme de mi peso. Estar en otro lugar. Pensada con amor o con rencor, hasta con odio.  Podría ser, estar, y en ese caso iría yo sola. Pero, ¿quién sería ésa que se instala en otra mente,  en otro espíritu? ¿Sería yo si permanezco sola?

La soledad en compañía  no resuelve mi enigma. Sólo agrega desazón.

Me pregunto si el lugar en que he nacido tendrá algo que ver con el espacio que ocupa mi cadáver. No lo sé. Ahora pienso que sí.

A medida que vivo yo voy dándole el lugar, lugar que se va haciendo más importante a cada vuelta de la rueda.

La amenaza es constante y la realidad de diferentes colores, también es de distintos sabores con infinidad de idiomas, que tampoco permanecen  en estado de inocencia. Son justamente las palabras,  las mensajeras de los hechos, y es un hecho que salto a la soga con la muerte.

Hay muchas formas de muerte. Siempre he pensado en la paradoja que implica el nacer. El llegar a la vida significa también tener  la muerte al acecho. Ella permanece, sólo permanece, fatigando el ánimo. La palmada inicial nos transmite la culpa, y ya está, ya se ha instalado. Tal vez, yo haya robado una estrella o haya matado a un ángel.

Desde la cuna grito con voz desconocida el primer berreo. Berreo confeso. Adherencias…

La carga se instala. Primero juega a las escondidas y más adelante, me convierto en su gallito ciego.

El que me lee va a pensar en mi locura. Otro misterio. Si es que estoy habitando ese territorio, es otra, no soy yo. Porque yo, me doy cuenta que algo me persigue. Sucede que al girar hacia atrás, desaparece.  Es entonces cuando creo que me voy de la cordura. ¿Cordura?

Las palabras comienzan a abandonarme. Se quedan con él, en el valle de la memoria para resucitar a veces, sólo cuando hay intención de lastimar, por eso las echo fuera, fuera de mi boca y mi cabeza,  pero se convierten en balas peligrosamente perdidas.

El tiempo es el tablero por el que me deslizo. Y los números. Y mi espacio tiene una cifra para marcar el recorrido. Esa cifra es abultada y ya no vale la pena ocultar lo incierto.  Si maté a alguien al nacer, o aún antes, será bueno darme permiso de entierro. Nazco cada vez en una diferente. No importa.  Tampoco soy la misma que comenzó este escrito. Y quizá las cifras crezcan más y podré ser entonces,  la que todavía no logro.

¿Hacia dónde me dirijo?

Hay un mar de posibilidades. Otra paradoja, también lo hay de imposibilidades. Puedo rodar hasta el infinito a bordo de unas canicas o puedo estancarme en un charco y sin embargo, reflejar un pedazo del firmamento.

A veces mimada, otras hostigada, he logrado llegar hasta el papel que me recibe, me acepta y me escucha. Sólo he tenido que aprender, en el transcurso de mi prosa, a sobrellevar mi muerto, sin que las líneas hagan panza.

Desvelada ya y de madrugada, veo cómo se abultan las horas, en el espacio consumido en una noche. El reloj sobrecargado de luna, se sostiene de la pared. Con el sol renazco en cada aguja. La mujer de anoche, la que ha dicho todo esto,  ¿habrá muerto?

                         Sólo sé…que nada sé.

 

 

 

 

 

 

 

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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