Haberse Parido

Hoy, ella comprobará  si las letras desahogan  o si por el contrario,  le dan  ese falso recato que la acerca a la muerte.

Ha tenido momentos de una felicidad fugaz. Tan fugaz que en una noche de su perenne insomnio y haciendo  a un lado el estuche en que guardaba el nacimiento de los hijos, hurgó y hurgó,  buscando  un día en el que se  hubiera sentido muy feliz. Tenía que ser algo que le hubiese sucedido por sí misma.

Después de tanto tiempo de vida  se dio  cuenta que no recordaba nada tan importante como para juzgarlo así. Y si lo había tenido, había sido un pensamiento, un sueño, algo parecido a un soplido, a un latido, tan pero tan veloz  que no le había permitido incorporarlo  como tal.

Todo un despertar. Jamás se había hecho antes,  ese planteamiento.

Reconocerlo fue volver a nacer, volver a respirar,  volver a gritar, volver a temer, fue… parirse sola.

¿Con quién compartirlo? ¿A quién le importaría? Si  ya casi debía regresarse de sí misma…

Además,  ¿cómo se mediría  la felicidad? ¿En pasos? ¿En respiraciones? ¿En risas? ¿En lágrimas?  No lo sabía.  Porque  acababa de enterarse que  no había pasado  de un anhelo.

¿Y en qué  habría  cambiado su hoy de  haber  conocido la vehemencia  de la felicidad?

Amar a quién amó ya no quería, ser quien quiso ser ya no  importaba y  sofocarse en la estrechez de la razón, acabaría con ella antes de lo previsto.

Quizá le arderían menos los ojos, pero le dolerían más los huesos;  esos mismos  huesos que los demás creían,   que era debido a los años que pesaban en cualquier  historia,  y que hasta parecía natural  que fuera de ese modo.

Nadie sospechó  que sus huesos dolían de tanta  gente amontonada, tanta censura enlatada, tanto vituperio descarado, y tantas esperanzas ajenas acomodadas  sobre una soga de jugar a  saltar con la locura,  rebotando sobre los zapatos de  su desnudez de compañías  imposibles,  y sobre cada una de sus vértebras descalza.

Por eso su tristeza  ronda que ronda, porque tampoco está sola, está  acompañada  de imposibles,  está a la intemperie, está  descastada, está en las  garras de la ingratitud.

Está  desnacida.

 

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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2 Comentarios

  1. Es un relato muy tuyo, Norma, muy personal en forma y en contenido. Esa manera de desnudar el alma, de hacer la radiografía de un ser, en este caso de esa persona que se reinventa de repente, que coge conciencia de la plena realidad y de cómo ésta nos ha condicionado y nos condiciona aún siendo conscientes de ello. El relato es pura poesía, querida amiga, es pura entrega de una excepcional escritora valiente.
    Me agradó mucho y qué bueno es leerte y aprender: deslizas las palabras con fluidez y elegancia.
    Un fuerte y agradecido abrazo desde esta Barcelona bimilenaria con ribetes de modernidad.
    Teo.

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    • Norma Aristeguy

      Mi querido amigo Teo, no había visto acá el comentario. Muchas gracias no sólo por tu palabra, sino por la comprensión en detalle que haces, y también por tu tiempo de buena voluntad, de lectura. Generalmente cuando uno sobrepasa la brevedad de unas líneas, cuesta conseguir la mirada del otro. Me lo dicen en persona, que no les gusta detenerse en textos muy desarrollados y ante el primer vistazo del lugar que ocupa ni comienzan. Los comprendo, en esta carrera sin pausas ni ventajas contra el tiempo.
      Así que agradezco tu generosidad y me alienta para seguir adelante. Me seguiré arriesgando. Si mi único lector tiene tu visión y generosidad de opinión, vale la pena el intento.
      Un abrazote muy grande, querido amigo Poeta.

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