El Mismo Cielo Gris

Todo parece un  sueño.  Comienzo  a dudar de mi realidad. “Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa olvidada en el fondo de un palacio desierto.”

Tarde lluviosa, se ha oscurecido un poco el cielo. El espacio así, gris oscuro lo abarca todo, no sé si es un techo que por gracia del universo, me cubre escapando de la costa. Un día de playa que de pronto cerró sus puertas y el sol desapareció.

Miro hacia arriba  y me transporto a un gran campo desierto, lo rodean altas montañas y veo alineado un ejército de hombres allá, en las altas cumbres.

Camino y me tropiezo con el gris, parece  el cielo tormentoso de una obra de Shakespeare, no sé cuál de ellas, porque tampoco estoy segura de haberla visto, o leído, o imaginado.

Es un cielo agazapado como listo para caérseme encima. La carreta de mi abuelo anclada  por el lodo que no lo deja avanzar, llegará tarde con la mercadería para reponer. Dolores… ciudad de barro. Muy duros caminos aquellos, sobre todo para un inmigrante  que lleva el mercado al hombro como una hormiga.

Y yo en este siglo con temor a que la tormenta me corte la electricidad.

Avanzo, una tienda ocupada  por soldados armados, infinidad de velas alumbran el espacio y se traslucen las sombras de los uniformados todos reunidos alrededor de un gran mapa. Planean una  guerra.

El cielo, el cielo gris abarca todo lo que puedo ver, el ruido de la lluvia repiquetea y hace al caer,  los mismos globos que me divertían de niña.

De pronto el verde es más verde en el terreno lechoso, aún bajo el agua luce bonito.  Otra vez el galope de caballos en esa amplitud que se desliza y una capa al viento que truena el nombre de Uther Pendragon , corren hacia el horizonte en busca del dragón rojo que se insinúa desafiante.

De repente una calle angosta, muy angosta, en el plomizo y sombrío espacio, las huellas de la ocupación romana, allá al fondo y a lo lejos la altísima muralla que no permitirá que escape.

Corro prendida  del brazo de alguien, su capote nos cubre a ambos, unos cuantos jinetes nos pasan muy cerca, él me arrastra de la mano contra las paredes haciéndonos casi una lámina de piel para que no adviertan nuestra existencia. El ruido del tropel me asustaría entonces, y me asusta  aquí y ahora también.

Un cielo ceniza sobre el cementerio donde los gorriones rodean la tumba de mi padre, que seguro ya no está allí,  y recorre el firmamento junto al grito de los patos silbones que han pasado a buscarlo.

Otra vez el desierto verde de pasto, unos carruajes tirados por caballos y varios hombres que gritan. “ ¡Viva la Santa Federación!

El gris abarca mis pensamientos y continúo adelante bajo la lluvia copiosa. Los autos pasan corriendo como si el conductor se mojara.

El humo negro atraviesa como un rayo el plomizo  espacio que ocupo,  y mis gritos sulfuran el conjuro de azufre y superstición. El inquisidor observa. Sólo hilachas, fibras… de mi  brujería.

Miro hacia arriba, el universo  se impone y vuelvo a condensar mis vidas.

Una galera inmensa atraviesa el campo extendido,  al ruido de los cascos de los caballos, rosándome y llevándose  el aire por delante, parece la tromba de un presagio. “Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
arrastraban seis miedos y un valor desvelado.”

El mismo cielo gris sobre los techos del imperio, o de las iglesias de la colonia, el mismo que cubre hoy las tejas de los countries,  o las chapas y los  laberínticos pasillos de las villas con Teseo muerto y algún “soldadito” enredado en un ovillo de blanca.

Toda esa vastedad  me encuentra  corriendo hundiendo mis pies en la arena todavía caliente,  en medio de la tormenta, con mi mochila al hombro huyendo de los relámpagos y de las vidas que acabo de atravesar  en esta holgura de tiempos que nadie conoce.

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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