El Miedo

Al bajar del colectivo lo ve. Es una silueta masculina. Está más adelante como esperándola, mucho más allá de donde ella se encuentra.

Todo es confuso a pesar de la luna. Las hojas de los árboles se cruzan, se tapan, se sobreponen, semejan formas extrañas y en su propia abundancia construyen agujeros virtuales iluminados.  Parecen la mirada de la noche.

El día ha sido largo y cansador, Virginia consigue salir del primer  momento de inmovilidad. Apura el paso. La figura viene hacia ella. Está tensa, sus músculos le duelen y hacen ruidos extraños al moverse. Es como si sus articulaciones gritaran.

Busca los tramos iluminados sin perder de vista a la figura que viene en dirección contraria. Siente el palpitar de sus sienes.

La separan todavía de él unos cuantos metros. Sin embargo, puede ver que los brazos del hombre cuelgan junto a sus piernas y le parece que una de sus manos se esconde detrás del muslo.

Virginia no puede evitar el temblor que la recorre, a la vez que distintas escenas pasan por su mente, con la velocidad de la imaginación.

Mira en todas direcciones. La calle está desierta. Las pocas casas que se ven en la vereda de enfrente, tienen sus ventanas cerradas, no ve siquiera una hendidura por la que se cuele una luz. ¿Es que todo el mundo duerme?

Un alto y largísimo paredón la trastorna en la vereda por la que camina. Sombras amenazantes parecen prontas a saltar de él.

En un intento por ahuyentar negros pensamientos y demostrar  seguridad, levanta la cabeza, acomoda la correa de la cartera, hundiéndola en su hombro derecho, y esconde la otra mano temblorosa en el bolsillo.

Cruza la calle. La silueta del hombre también lo hace.

Virginia cree escuchar una voz que sale de entre el follaje. Lo que otras veces le ha parecido música, ahora es como el aviso de un peligro,  un presagio.

Se acercan. Ella se detiene. Lo espera. Lo que tenga que suceder, que sea, ya. Está paralizada.

El hombre pasa a su lado sin mirarla. Se ha subido la solapa del saco, quizás  para protegerse del frío. O no.

Virginia se queda observándolo alejarse. Está clavada en el lugar. Hasta que logra ponerse nuevamente en movimiento siguiendo su camino. Nota que quiere sonreír, pero la dureza de los músculos de su cara no se lo permiten todavía.

Gira la cabeza para mirar hacia atrás, una vez más.

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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