Confesión

Recreación de La Sonrisa de la Gorgona de Marco Denevi

 

Frente-al-espejoSe mira las manos. Luego observa a su mujer en la cama. Está quieta. Vuelve

a mirarse las manos muy abiertas. Las cierra y las deja caer a un costado de su cuerpo. Se acerca una vez más. La mira largamente. Con dedos temblorosos le cierra los ojos. Acaricia su cabello extendido sobre la almohada. Sube las frazadas hasta cubrirle los pechos que asoman pálidos en la media luz que se cuela por las persianas a medio cerrar. Sin embargo se pueden ver claramente dos marcas rojas en el cuello de la mujer, una a cada lado, dan la impresión de formar un círculo casi perfecto. El hombre pasa el dorso de su mano por su mejilla, el índice por los labios de la boca abierta y vuelve hacia las marcas del cuello, las acaricia.

Camina al baño, se mira en el espejo fijamente. Su rostro se enfrenta con un gesto de amargura y dice: – Dormía profundamente. Creo… que no se dio cuenta.  Mejor.

Comienza a afeitarse con suma lentitud. Termina. Se pasa el agua perfumada por el rostro en el que surge un mohín de ardor. Acomoda la toalla en su lugar y saca otra del armario que coloca cerca de la bañera.

Bajo la ducha y dejando correr el agua a borbotones, recuerda una imagen: su mujer cerrando una valija cuando él llega del trabajo. Él preguntando:-¿Qué hacés? Ella respondiendo: -Me voy, no lo ves? Él  la convence de quedarse aunque sea una noche más. La abraza. Evita la explicación que ella intenta darle. Pone una mano sobre su boca suavemente como señal de silencio, la atrae, la aprieta muy fuerte y casi la arrastra en sus brazos hasta la cama.

El agua sigue corriendo. Hace un movimiento brusco como si despertara de un sueño. Llegará tarde a la oficina.

Ya en el dormitorio nuevamente, va al placard. Su cara se contrae en un gesto de amargura, cuando ve sólo su ropa, el lugar de su mujer está vacío.

Elige un traje azul. Busca entre las camisas una blanca. Se viste. Va al cajón de las corbatas, saca una. Una vez más se enfrenta con un espejo, el del lugar donde ella habitualmente se sentaba para maquillarse. Está frente a la cama. Mirándola por el cristal que la refleja le habla con una leve sonrisa: -Elegí ésta, la gris de rayas azules y rojas que tanto te gustan. Es en honor a tu amor, ya no te irás a ninguna parte.

Se pone un abrigo, toma la bufanda. De pasada mira el reloj del living.- Se ha hecho tarde. No importa. Irá caminando. La seccional está sólo a unas cuadras.

Camina mientras un poco de viento le abre el abrigo. Mira hacia delante. No repara en la gente que pasa a su lado. Se detiene al cruzar cada esquina como un robot.

Llega a la comisaría. El oficial de la entrada pregunta:

-¿Señor?

Él lo mira. Se lleva la mano a la barbilla y dice:- Vengo porque he matado a mi mujer.

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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