Alma en Pena

alma_en_pena_Con la casa a media luz, como dice el tango. Con todo a media luz, los pensamientos, los afectos, los amores, las preocupaciones, las alegrías, esas débiles  alegrías siempre en convalecencia y  los desengaños de la mano de la sorpresa como una pareja envidiosa de los buenos momentos.

Todo es silencio, hasta la música se ha callado y ya se terminó el violín  y la guitarra, como en un implícito acuerdo con la noche.

Los libros duermen, de parados, haciendo guardia de sus propios personajes, atesorando historias aplastadas entre sus  tapas , historias o poemas que le susurran al oído y en secreto cuando su mirada los recorre.

Amores en  fotos que la miran y le hablan desde momentos enmarcados haciéndole dudar de su existencia.

Horacio  Quiroga solía decir que las fotos atrapaban el alma de las personas. Será por eso que se siente en compañía, quizá ella también sea un alma que anda deambulando entre las letras  a estas altas horas de la noche, robándoles  protagonismo a los fantasmas.

Por allí está él, no podía faltar a la cita nocturna,  y ella apenas distingue  su sonrisa burlona colgada en la pared, no tiene agujas, suelen salir de noche a revolotear  vidas ajenas;  la de ella, no hace falta, ya se la ha gastado como ha podido y le conoce  las artimañas al tiempo, por eso  teje sueños mientras el minutero  sale de parranda, sueños interminables  que desteje cuando llega el sol.

 Comprueba  las zancadas  complicadas de  dos agujas que regresan  y se entrelazan embriagadas de poder,  a marcarle  el paso de las horas. El tiempo consumido en soledad.

Pero con ella ya no pueden.

Es  un alma verdosa, es el musgo pegado  sobre el teclado, como en una pintura de Yerka.

Hace rato que no está . Hace rato que no es. Sólo vuelve de vez en cuando a velar por los suyos  y sus libros.

 Va enterándose de lecturas que no había alcanzado antes.  Se irá diluyendo a medida que las vaya terminando,  y será inútil todo intento  de regreso, para entonces habrá encontrado al personaje que le cante, que le recite a Sabines, o a Nervo o que le sirva un té verde. O que tan sólo la enamore.

 Será en vano también que él al fin regrese con el abrazo prometido.  Ella estará muy lejos, se habrá ido de su  Ítaca como tantas otras veces, esta vez  será Odiseo  quien espere inútilmente.

Veinticinco cantos llegados a su fin.

Alguien está despertando y la lleva hacia  otros mundos.

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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