«Quien Quiera Oír Que Oiga»

 ¡Cuánta gente! ¡Son miles! La ciudad está desconocida, con tantas antorchas y tantas flores. Si supieran, me matarían. Y tal vez me lo merecería. Ella… siempre                          tan buena conmigo, sin embargo me metió en esto. Tengo que reconocer que yo lo hice porque quería. Porque sentí que debía hacerlo.

Esas fotos tan inmensas, es como si me estuviera mirando a mí, por donde voy me sigue. La muchedumbre llora, y también me mira.

Cada vela, cada llanto, me hace temblar las piernas. ¡Por favor! ¿Es que esto me perseguirá toda la vida?

Parece que hace tan poco que la ayudé a vestirse para la asunción del general. Pobrecita, sostenerla mientras la peinaban no me pesaba, era una pluma que los ángeles soplaban para tenerla de pie. Creo que ella pensó que con ese tapado de piel tan amplio, nadie se daría cuenta de su cuerpo enflaquecido y extraño, pues  ya no se parecía al suyo. Costó hacerle el rodete sin que le doliera la cabeza.

-Pero señora, no se preocupe,  el señor secretario hará todo lo que usted le encargó, y esas personas serán recibidas y escuchadas por él. Usted le ha dado las órdenes y él las cumplirá. No, no se lo digo para tranquilizarla, es que sé que lo hará, y si no, yo misma o alguna compañera se lo hará saber a usted. Pero no puede ahora pensar en otra cosa que no sea su salud. Sí, y en el general, por supuesto.

Mañana sabré cómo me sentiré, hoy no puedo. Mañana ya no tendré que verla sufrir, escuchar los gemidos de dolor de esa mujer que voy viendo sonreír en esas fotografías, como cuando la veía salir por las mañanas tan temprano, en otros tiempos, todos los días para ver a su gente, o cuando peleaba con su marido por estar hasta altas horas de la noche, ocupándose de lo que hacía falta “…hacer en este país, para que las cosas mejoren…”. Esa misma mujer que gritaba como una loca cuando algo de lo que había dejado ordenado no se hacía. Tengo que reconocer que a mí nunca me gritó, siempre me pidió las cosas de buen modo, y no podía decirle que algo era lindo porque me lo obsequiaba de inmediato. Nunca vi a alguien ser tan desprendido.

Hasta aquella mañana…- Señora, yo no puedo hacer eso. ¿Usted sabe cuánto la queremos su gente? ¡Cómo que por eso mismo! No entiendo. Usted tampoco puede hacerlo, yo no se lo alcanzaré, porque usted se va a curar. ¡Se tiene que curar!

No sé cómo me convenció. Aún ahora que lo pienso, no puedo recordar. Pero sí sé que una noche me vi dándole de beber del vaso en que había puesto las gotas malditas. ¡Las gotas! Ella  me había ordenado que echara con el frasco.  ¿Para qué querés gotero? Me gritó. No sé de dónde sacó la voz, porque hacía ya más de un día  que hablaba en un susurro.

-No señora, quédese tranquila, no se lo contaré a nadie. Se lo juro. Me vienen otra vez las ganas de llorar, siento aún su mano aferrada a la mía. Cerró los ojos y no la escuché quejarse desde entonces.

Todo se volvió oscuro desde que se murió. Es como si hubiese muerto también un poco de cada uno de los que estamos acá, bajo la lluvia. Es como dejar ir a la esperanza vestida de trajecito y sombrero; bella y de sonrisa luminosa, por cada mano que llenaba, por cada cuna que vestía, por cada viejo que alimentaba.

Es como si a cambio recibiéramos a la incertidumbre, vestida de otra manera y con la mirada puesta en un futuro, que no será para nosotros, los que trabajamos, los que como decía ella,  hacemos grande a este país.

Basta, no tengo que pensar, sólo saber que la señora no sufre y que me sigue mirando, pero… agradecida.

Norma Aristeguy

Autor: Norma Aristeguy

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